martes, 1 de septiembre de 2009

Hay recompensa en el servicio a Dios

“No me acordaré más de él, ni hablaré más en su nombre; no obstante, había en mi corazón como un fuego ardiente metido en mis huesos; traté de sufrirlo y no pude”. Estas fueron las desgarradoras palabras pronunciadas por el profeta Jeremías, cuando en su ministerio experimentaba que sus oyentes no lo escuchaban y más bien lo perseguían. Pero el llamado, el fuego puesto por Dios en su corazón pudo más.
Cuantas veces nosotros los llamados a un ministerio particular en el reino de Dios experimentamos conflictos similares a los del profeta, no obstante, Dios es bueno y en su misericordia también nos permite ver el fruto de nuestra labor; nos concede el regocijarnos al ver vidas rendidas ante Él, producto de nuestro esfuerzo en el servicio al Maestro.
Una de estas grandes alegrías la tuve en el día que me agasajaron, por motivo del Día del Pastor. Fue una bonita experiencia que muy pronto la compartiré; pero hoy quiero transcribir lo escrito por una de mis ovejitas en una hermosa tarjeta. Hago constar que registro lo escrito para dejar en alto el nombre de mi Dios, quien me ha permitido, pese a mis debilidades, desánimos, poder tocar un corazón que hoy ama al Señor tanto como yo lo amo a Él. Escribo para animar a mis hermanos y consiervos a perseverar y no desmayar allí donde el Señor lo ha ubicado, en la seguridad que Dios es fiel, y el ser instrumento en las manos de Él para edificar a otros es la recompensa más significativa y placentera dentro del ministerio cristiano. Con esta aclaración copio lo que me escribieron:
“¡Dios es bueno! Es usted una enorme bendición en mi vida y para mí es un gran privilegio el que Dios me haya escogido para estar en su rebaño, bajo sus cuidados, guía e instrucción. Mi amor y entrega a Dios no serían los mismos si no hubiese tenido su ejemplo. Es usted una sierva fiel, devota, llena de ciencia e inteligencia, de amor del Señor y celo por su Palabra; es usted una mujer virtuosa y una obrera aprobada. Sé que no alcanzamos a medir el impacto de su ministerio, la obra de Dios en tantas vidas a través de usted, como instrumento útil y de honra, dispuesto para su servicio. Gracias por mantenerse en el Señor, no negar su nombre y mantener su mano en el arado todos estos años, gracias por ser esa hermosa cuerda de amor que me atrajo al Señor y el árbol plantado junto a corrientes de agua bajo el cual he podido crecer protegida de los temporales y del sol inclemente. Gracias por su sabiduría, consejos y amor. Dios la lleve de gloria en gloria y de victoria en victoria.”
Todo eso ha sido posible no porque yo sea mejor que nadie, sino que se debe a la misericordia y fidelidad de nuestro Dios. En el ministerio a veces las situaciones se ponen tan difíciles que más bien tendemos a pensar que no estamos haciendo nada bueno, que no hay resultados tangibles. Pero al leer estas palabras podrás darte cuenta, que todo lo que hagamos para Dios tendrá su recompensa en algún momento. ¿Se dan cuenta? No es en vano lo que sufrimos, no es en vano la disciplina y el trato de Dios hacia nosotros; todo tiene un propósito. Tenemos el honor más grande y trascendente: extender el reino de nuestro Padre y ser instrumento en sus manos en la preparación de nuevas vasijas que igualmente serán instrumentos en las manos del Dios todopoderoso. Gracias mi Dios por tu inmenso amor, por tu paciencia conmigo, por sostenerme siempre y levantarme cada vez que caigo. Gracias, mil gracias; toda la eternidad no será suficiente para amarte, honrarte y agradecer lo que haces posible en cada uno de tus hijos. ¡Ven Señor Jesús!

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